Perspectivas Económicas Globales Marzo 2026

Marzo 2026
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Entorno global

La economía global inició los primeros meses de 2026 con un tono resiliente, reflejado en sorpresas económicas al alza y presiones inflacionarias contenidas en términos agregados. No obstante, el entorno se ha tornado significativamente más incierto tras la escalada del conflicto entre Estados Unidos e Irán, lo que ha incrementado la volatilidad financiera y deteriorado el balance de riesgos. La disrupción en el estrecho de Hormuz—un punto estratégico para el comercio energético global—ha introducido un canal inflacionario de primer orden, elevando la probabilidad de choques más persistentes que podrían alterar la trayectoria de la política monetaria global. Si bien el escenario base continúa contemplando un choque transitorio, el umbral de riesgo se ha desplazado al alza de forma clara.

En este contexto, el choque energético se ha consolidado como el principal determinante de corto plazo. El tránsito comercial por el estrecho de Hormuz se ha reducido prácticamente a cero, mientras que los productores del Golfo han limitado su oferta ante restricciones logísticas y daños en infraestructura clave. Destaca el cierre de la planta de Ras Laffan en Catar—responsable de cerca del 20% de la oferta global de gas natural licuado—como una de las disrupciones energéticas más relevantes en décadas. Como resultado, los precios del petróleo han repuntado de forma significativa, superando los 100 dólares por barril y alcanzando episodios por encima de 120 dólares. La trayectoria futura dependerá críticamente de la duración del conflicto y de la velocidad de normalización de la oferta, lo que sugiere que un retorno a niveles pre-conflicto no está garantizado.

A pesar de la magnitud del choque, la economía global ha mostrado capacidad para absorber incrementos moderados en los precios de la energía, aunque con impactos diferenciados. Las economías importadoras enfrentan presiones inflacionarias y un deterioro en sus cuentas externas, mientras que los países exportadores de commodities energéticos se benefician en términos de intercambio. En conjunto, el escenario para 2026 se mantiene de crecimiento moderado y resiliente, pero con un balance de riesgos más deteriorado y crecientemente dependiente de la evolución del mercado energético.

En Estados Unidos, la actividad económica se mantuvo sólida, respaldada por un consumo resiliente, inversión robusta—particularmente vinculada a inteligencia artificial—y márgenes corporativos elevados. Sin embargo, incluso antes del conflicto ya se observaban señales de presiones inflacionarias en indicadores como el PCE y el PPI, lo que, combinado con el repunte en los precios energéticos, refuerza un sesgo alcista para la inflación. En este entorno, la Reserva Federal mantuvo sin cambios la tasa de referencia, adoptando un tono más cauteloso y claramente dependiente de los datos. Si bien sus proyecciones aún contemplan espacio para un recorte en el año, el mercado ha eliminado prácticamente esa expectativa e incluso comienza a incorporar un riesgo no trivial de incrementos, reflejando un cambio relevante en la función de reacción.

En Europa y Reino Unido, el choque energético ha implicado un deterioro más evidente del entorno macroeconómico. La inflación ha sido revisada al alza—particularmente en la eurozona—mientras que las perspectivas de crecimiento se han ajustado a la baja. En este contexto, tanto el Banco Central Europeo como el Banco de Inglaterra han adoptado un sesgo más restrictivo, señalando disposición a endurecer la política monetaria en caso de que se materialicen efectos de segunda vuelta. El mercado ha reaccionado de forma contundente, incorporando múltiples incrementos de tasas hacia adelante, lo que marca un cambio significativo respecto al sesgo de relajación que predominaba a inicios del año.

En Asia, la dinámica sigue siendo heterogénea. Japón mantiene fundamentos relativamente sólidos, con inflación cercana al objetivo y una demanda interna resiliente; sin embargo, el repunte en los precios energéticos introduce riesgos adicionales que podrían acelerar el proceso de normalización monetaria. En China, el crecimiento muestra señales de estabilización, aunque aún con fragilidad en el consumo y el sector inmobiliario. En este contexto, el Banco Popular de China ha mantenido una postura neutral con sesgo a relajación, aunque con menor margen para estímulos agresivos, privilegiando medidas focalizadas y apoyo fiscal. El choque energético, al reducir presiones deflacionarias, limita el espacio para una expansión monetaria más amplia.

Para América Latina, el balance es relativamente más favorable en el margen, dada su exposición a commodities. Mayores precios del petróleo pueden traducirse en mejoras en términos de intercambio y cierta resiliencia en el crecimiento, particularmente en economías exportadoras. No obstante, este beneficio convive con un entorno de mayor volatilidad financiera global, presiones cambiarias y riesgos políticos internos, lo que podría amplificar la sensibilidad de los activos locales a choques externos.

En este entorno, la política monetaria global ha transitado hacia una fase de mayor cautela, pero con un sesgo crecientemente restrictivo. A diferencia de inicios de año—cuando predominaba la expectativa de recortes en algunos bancos centrales—el choque energético ha llevado a una balance en general más “hawkish”. Bancos centrales de economías desarrolladas como el BCE, el Banco de Inglaterra y el Banco de la Reserva de Australia han mostrado un giro hacia posturas más restrictivas (con este último incluso subiendo la tasa de interés), mientras que otros, como la Reserva Federal y el Banco de Canadá, han adoptado un enfoque de “esperar y ver”, pero con menor tolerancia a sorpresas inflacionarias. Incluso en economías emergentes, como Brasil, el ciclo de relajación ha comenzado con mayor cautela ante la volatilidad externa y las presiones inflacionarias asociadas a energía.

En conjunto, el entorno global refleja una convergencia hacia políticas monetarias menos acomodaticias, donde la divergencia entre bancos centrales se ha reducido en el margen. El choque energético ha emergido como un factor común que eleva la inflación a nivel global y limita el espacio para recortes, retrasando el ciclo de relajación e introduciendo incluso riesgos de nuevos incrementos en algunas jurisdicciones. En este contexto, la trayectoria de la política monetaria estará determinada, en gran medida, por la persistencia del choque energético y su transmisión a la inflación, consolidando un entorno macro-financiero más complejo y altamente dependiente de la evolución geopolítica. 

Perspectivas locales

La economía mexicana inició 2026 con un tono más moderado tras el cierre mejor a lo esperado de 2025, con datos de enero que mostraron señales desalentadoras. La actividad económica cayó 0.3% mensual (menor a las expectativas de +1.3%) y se contrajo a 0.92% anual (vs el consenso de -0.45%), reflejando debilidad generalizada entre sectores. La manufactura retrocedió en el margen, particularmente en segmentos clave como equipo de transporte y componentes electrónicos, mientras que la construcción y los servicios se moderaron tras el sólido desempeño del 4T25. En conjunto, el arranque del año sugiere una pérdida temporal de dinamismo más que un cambio en la tendencia de recuperación.

A pesar de esta moderación inicial, el panorama hacia adelante se mantiene constructivo. Los fundamentales de la demanda interna permanecen relativamente sólidos, con el consumo aún respaldado por un mercado laboral resiliente y crecimiento sostenido de salarios reales. Asimismo, la inversión debería fortalecerse conforme se materialice el mayor gasto público contemplado para 2026, así como proyectos de inversión mixta equivalentes a cerca del 2% del PIB. En este contexto, la debilidad observada en la construcción luce transitoria y consistente con un rezago en la ejecución del gasto más que con un deterioro estructural en la actividad.

En el frente externo, el entorno se ha tornado más complejo ante la escalada del conflicto en Medio Oriente. Si bien el impacto directo sobre México debería mantenerse acotado bajo un escenario de choque transitorio, el canal energético introduce nuevos riesgos. Precios más elevados del petróleo tendrían un impacto neutral a ligeramente negativo para el crecimiento, dado que México es ligeramente deficitario en productos petroleros, lo que implica un deterioro en la balanza energética. No obstante, la economía mexicana parte de una posición relativamente sólida para absorber este choque, respaldada por cuentas externas estables, credibilidad institucional y una postura macroeconómica prudente.

Inflación con un inicio de año mixto, pero subyacente continúa presionada. Banxico pausaría temporalmente el ciclo de recortes.

Los datos de inflación de la primera quincena de marzo mostraron una dinámica claramente divergente, con una sorpresa al alza en la inflación general explicada casi en su totalidad por la volatilidad del componente no subyacente, mientras que la inflación subyacente continuó mostrando señales de contención, aunque todavía en niveles superiores a su promedio histórico. 

El INPC aumentó 0.62% quincenal, por encima de lo esperado, impulsado principalmente por un repunte significativo en frutas y verduras—particularmente jitomate—y por presiones en energéticos, destacando el incremento en tarifas eléctricas. En contraste, la inflación subyacente se ubicó en 0.22% quincenal, ligeramente por debajo de lo anticipado, con una moderación en servicios—especialmente en rubros como telecomunicaciones—y sin evidencia de un traspaso generalizado de aranceles hacia precios de mercancías. En términos anuales, la inflación general se aceleró a 4.63%, mientras que la subyacente se mantuvo relativamente estable en 4.46%, consistente con un estancamiento de la desinflación en los componentes más persistentes.

Hacia adelante, el panorama inflacionario mantiene una lectura mixta. Por un lado, la trayectoria subyacente sugiere que las presiones de fondo siguen moderándose de forma gradual. Por otro, la elevada volatilidad en el componente no subyacente—particularmente en agropecuarios y energéticos—introduce riesgos relevantes al alza para la inflación general en el corto plazo. Este comportamiento refuerza la expectativa de un proceso de desinflación no lineal, con episodios de repuntes asociados a choques de oferta. En este contexto, si bien no se observa aún una contaminación generalizada hacia la inflación subyacente, la persistencia de estos choques—especialmente en un entorno de mayores precios energéticos—podría incrementar la probabilidad de efectos de segunda vuelta, manteniendo los riesgos inflacionarios claramente sesgados al alza.

En este contexto, Banxico enfrentará un entorno más retador para continuar con el ciclo de relajación monetaria. Si bien no se puede descartar un recorte adicional de 25 pb en el corto plazo (aludiendo a la sorpresa negativa en el crecimiento en enero y una moneda fuerte), el margen para seguir reduciendo tasas se ha estrechado de forma importante. Una inflación más elevada, combinada con riesgos externos—incluyendo un conflicto más prolongado en Medio Oriente y condiciones financieras globales más restrictivas—podría llevar a una pausa en el ciclo. En este entorno, la política monetaria se mantendrá claramente dependiente de los datos, con énfasis en preservar un diferencial de tasas adecuado frente a Estados Unidos para anclar expectativas y mantener la estabilidad financiera.

Política fiscal y balance externo: estabilidad con restricciones

La política fiscal mantiene una trayectoria de estabilidad, aunque cada vez más condicionada por la evolución de los mercados energéticos. El aumento en los precios del petróleo ofrece un beneficio acotado para las finanzas públicas, ya que la menor producción petrolera en los últimos años y la elevada dependencia de importaciones de gasolina (dos tercios del consumo total) limitan la captura de ingresos adicionales. Este desbalance refleja la condición estructural de México como ligeramente deficitario en la balanza petrolera, lo que reduce la sensibilidad positiva del balance fiscal ante choques petroleros.

La política de estímulos a combustibles adquiere un papel central. La reducción del IEPS y la posible reintroducción de subsidios anunciados por la Secretaría de Hacienda, buscan contener el traspaso de mayores costos energéticos a la inflación y preservar el poder adquisitivo de los hogares. Sin embargo, estas medidas implican un costo fiscal relevante y presionan el balance externo, evidenciando el trade-off entre estabilidad de corto plazo y sostenibilidad fiscal.

En este entorno, el efecto neto en las finanzas públicas de mayores precios del petróleo es marginalmente positivo, pero limitado, dado que el aumento en los ingresos petroleros se compensa en buena medida con el mayor costo de importación de combustibles. Bajo este contexto, el impacto sobre el tipo de cambio tiende a ser ligeramente negativo; no obstante, la solidez del marco macroeconómico y la credibilidad de la política económica continúan siendo anclas clave que sostienen la resiliencia relativa del peso en un entorno global más incierto.